"El suicidio de Grisel nos tiene que interpelar a la sociedad en su conjunto, es una víctima más de la dictadura", subraya la psicóloga.

Imagen de Oscar Belbey

 

CONTRATAPA

Grisel

 Por Sonia Tessa

Grisel González Roig cumplía cinco años. La fiesta que habían preparado con amor sus padres, Carmen y Tito, terminó en un infierno: en la madrugada del 4 de agosto de 1976, un grupo de tareas del Ejército entró en su casa y secuestró a Héctor Alberto González. Antes de llevarse a Tito, la patota tomó y comió delante de la familia todo lo que había quedado del festejo. Para siempre, el cumpleaños de Grisel fue también el día que perdió definitivamente a su papá. Sin despedidas ni respuestas. Una ausencia que la marcó hasta que decidió quitarse la vida, la semana pasada. Un amigo la encontró el domingo al mediodía en su casa. Grisel dejó una esquela: "No entres al baño, me suicidé". El amigo tenía las llaves de su casa.

Con una risa estentórea, Grisel no pasaba desapercibida. Era mordaz, sus comentarios siempre incisivos. El dolor la acompañaba como una sombra omnipresente. "Son marcas que destruyen. Ella ha hecho un gran trabajo durante su vida, la vi laburar como nadie para salir de esa maraña de mierda, con un esfuerzo increíble, una creatividad y una inteligencia como no tenía nadie, pero hay dolores que son tremendos", expresó Hernán Reynoso, el amigo que la encontró. Y subraya una y otra vez lo luminosa que era. "La pena que me da que alguien con tanta luz, con tanto brillo para salir de esa telaraña negra, no haya podido", dice este amigo, que se propone construir "un lugar, un árbol, una placa, donde se la pueda recordar". Para que Grisel tenga una huella palpable y pueda escapar al destino de su padre, desaparecido sin tumba.

"Toda una vida pasó buscando los restitos de información sobre su padre, viendo carpetas, a ver si aparecían sus huesos. En España, fue a visitar la tumba de Antonio Machado y cuando vio inscriptos los versos 'Caminante, no hay camino, se hace camino al andar', se quebró, porque era lo que otros presos le habían contado que recitaba su papá en la tortura", recordó Hernán entre lágrimas inconsolables. Para él, la decisión de Grisel confirma "que esto no se terminó, el dolor sigue vigente".

Grisel era también terminante. Y así fue durante los últimos años, cuando empezó a aislarse de sus afectos. Cerró puertas en una actitud que ahora -para muchas personas- tiene otras lecturas. "Todo esto es muy triste y muy siniestro. Si bien ella se había aislado, de hecho hacía años que ya no me permitía verla ni hablar por teléfono, yo creo que una vez que murió Carmen, su mamá (hace más de un año), Grisel encontró la forma de no joder a nadie y matarse de una vez. Es mi interpretación que fue alejándose para poder hacerlo. Realmente lo que arrastraba era un dolor muy profundo desde muy chica", escribió Lucas Mac Guire, que fue su amigo inseparable durante años. En la infancia los unía una complicidad callada, una hermandad, porque compartían la condición de hijos de detenidos, ya que Lucas es el hijo de Santiago Mac Guire, preso desde 1978 a 1983. "Siempre la sentí como una hermana, desde muy chiquitos, desde los 5 ó 6 años, apenas desapareció Tito. Sabíamos que nos juntaban nuestras viejas porque nos pasaba lo mismo. Nosotros pensábamos que el padre de ella iba a aparecer", relató todavía conmovido. Entonces, al horror de la desaparición, para las hijas y los hijos se sumaba la imposibilidad de compartir la vivencia, la necesidad de callar, las miradas hostiles y la sospecha.

Tras la recuperación de la democracia, Grisel participó -como Lucas- de Había una Vez, una experiencia de talleres impulsados por Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas con un grupo de psicólogos y otros profesionales con hijas e hijos de desaparecidos, exiliados, detenidos.

Un axioma del periodismo dice que los suicidios no son noticia. Sin embargo, la decisión de Grisel se enmarca en la tragedia colectiva del terrorismo de Estado. De eso está convencida Cristina Solano, psicóloga que participó del taller Había una Vez. "El suicidio de Grisel nos tiene que interpelar a la sociedad en su conjunto, es una víctima más de la dictadura", subraya la psicóloga y desarrolla que "este no es el primer caso que se registra entre las víctimas de la dictadura, con suicidios y con intentos de suicidio. Tienen que ver con las vidas que han pasado, con las circunstancias que han tenido que sufrir, con estas heridas que no cierran, y no van a cerrar nunca porque es imposible. La figura del desaparecido es imposible de simbolizar, de cerrar un proceso, es algo que no está, que se espera, es tanta la búsqueda de los restos, que a veces actúan como paliativo pero otras como desencadenante".

Cristina está convencida de que "las marcas del sufrimiento de este tipo subsisten por generaciones. Tenemos en nuestro cuerpo y en nuestra mente los sufrimientos vividos por nuestros ancestros, las hambrunas, las torturas, las cárceles, las violaciones, eso está comprobado", y por eso creo que "lo que nos pasó como sociedad, el terrorismo de estado, la desaparición, la tortura, las cárceles, nos va a atravesar de por vida". Para la psicóloga, en esta historia está presente además "la culpa por no haber podido hacer nada con ella. Esto es un compromiso social. No nos podemos hacer los boludos".

Cuando tenía 28 años, a Grisel se le declaró un Linfoma No Hodgkin. "Era muy divertida, muy inteligente, muy creativa, tenía muchísimo humor. Y de hacer reuniones con millones de amigos. Pero a los 28 años tuvo un cáncer que cambió su personalidad, totalmente", rememora otro de sus amigos, Gustavo Puchades. El dolor se instaló en el cuerpo de Grisel.

La gente que la quería estaba ayer conmocionada, aturdida. "No pudo, no aguantó. El terrorismo de estado se lo llevó primero al papá y después a ella. No aguantó. Vivió muchos años un infierno y no aguantó más. Ella empezó a separarse de todos para matarse. Para matarse en soledad", consideró Gustavo.

En agosto de 2011, Virginia Ogando, hija de los desaparecidos Jorge Oscar Ogando y Stella Maris Montesano, que estaba embarazada de ocho meses, también decidió matarse.

La desaparición de Héctor Alberto González forma parte de la causa Klotzman, que juzgará a cuatro policías federales y un jefe de inteligencia militar por la desaparición de militantes del Partido Revolucionario del Pueblo en agosto de 1976. El expediente suma 27 homicidios, privaciones ilegítimas de la libertad, tormentos, asociación ilícita y una apropiación de menor. La instrucción fue hecha en 2011 por la entonces fiscal federal Mabel Colalongo. La resolución de elevación a juicio tiene fecha 5 de octubre de 2015, y fue emitida el Juzgado Federal N° 4 a cargo de Marcelo Bailaque. El magistrado dispuso clausurar parcialmente la instrucción de la causa Klotzman y elevarla a juicio oral para el juzgamiento de Jorge Alberto Fariña, jefe de la inteligencia militar rosarina y los cuatro policías federales: Federico Almeder, René Juan Langlois, Enrique Andrés López y Luis Paulino Coronel. Todas las partes ofrecieron prueba y el Tribunal Oral Federal número 2 está en condiciones de poner fecha de juicio oral. "Pero todavía no tiene fecha", subrayó la abogada querellante de esa causa, Gabriela Durruty. Además, en febrero se demolió la Quinta Operacional de Fisherton donde estuvo secuestrado "Tito" González.

La justicia, una vez más, llegará demasiado tarde para Grisel.

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Historia