SUEÑOS DE MALVINAS, cuento de Oscar Belbey.Libro Los Olvidados(2009)

Imagen de Oscar Belbey

Sueños de Malvinas

EN SUS NOCHES DELIRANTES los aviones ingresaban en su habitación,
desde el techo caían en picada ametrallando su cama y su
cuerpo; una paranoia creciente, los gritos de terror, alucinaciones
cegando su mente no le daban tregua, su deteriorado físico corriendo
para guarecerse de las bombas. Ni su madre supo darle
contención:
—Me devolvieron al Tanque hecho un loco— decía sollozando.
Dos intentos de suicidio convirtieron su vida en un caos. Su apodo
venía de sus sueños donde un tanque inglés se aproximaba
para aplastarlo. En sus delirios suplicaba a su dios poder regresar
a ver a su hijita.
La capital provincial era el lugar acordado para el reencuentro.
Enclavado en la margen noroeste de la ciudad se encuentra San
Agustín II, barrio de trabajadores, cirujas y dealers. Unas pocas
cuadras de pavimento, mayoría de tierra y mejorado. Decenas de
veces se inundó desde el río, la mayor en 2003. Aunque cuando
llueve mucho sus calles son arroyos y cascadas.
La casa de Gastón, el anfitrión, está cercana a la avenida en
construcción que circunda la ciudad y que funcionará como terraplén
para defender a los barrios del río Salado. Una vivienda sin
revocar, pintada de blanco, construida con bloques de cemento.
Dos dormitorios, uno donde dos cuchetas daban albergue a los
cuatro hijos que tuvo con Juana. Hoy sólo estaban las dos mujeres
de 14 y 12 años, los dos varones, de 7 y 3 años se habían marchado
con su madre, por ello quedaron vacías dos camas y medio
lecho conyugal.
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Los sábados por la mañana, en el patio trasero, las chicas y su
padre brindan una copa de leche para los niños sin escolaridad.
Habían comenzado por 40 pequeños y ahora ya estaban en los 70;
lo ampliaron a pedido de padres vecinos que comenzaron a colaborar
para que sus hijos también accedieran al desayuno de Sueños
Infantiles, la denominación ideada por esa familia solidaria.
Los tres paraísos del fondo eran el lugar ideal para la mateada,
el reencuentro del trío de camaradas. El eje de la charla serían
aquellos oscuros días compartidos en la guerra. La gestora había
sido Juana, al verlo a Gastón tan deprimido.
Al heroico recibimiento inicial a los combatientes, aún en la terrible
derrota, les siguieron días muy duros. La gente los miró con
simpatía, hasta con lástima, pero el fuego interno consumió la vida
de muchos de ellos.
Al regreso, el “Tanque” Gastón había estado varios años con
atención sicológica. Separado de su primera compañera, Teresa,
con quien convivió previamente a la convocatoria del ilustre general
borrachín que los había llevado a la muerte en las gélidas islas.
Cuando marchó llamado por la “patria” tenían una niñita, Bárbara.
A su regreso nunca consiguió relacionarse con ella, ni recuperar a
su madre.
Luego de algún tiempo se concubinó con Juana, a quien sus
amigos conocían por un encuentro hace una década.
Desde Rosario llegaría Ernesto, a quién solían ridiculizar porque
no creía en ningún dios, virgen, santo, ni mitos; sus compañeros de
división y sobre todo los suboficiales le auguraban “cuando veas
venir las balas y las bombas, no te van a alcanzar las palabras para
pedirle a Dios y a todos los santos para volver vivo a tu cómoda
casita”. Él sonreía, su origen era una familia de clase media, donde
le habían inculcado ideas de Feuerbach, donde el viejo filósofo
sostenía, y él repetía sonriendo, “No es dios quién creó al hombre,
sino el hombre quien creó a dios”.
Hay que imaginarse en esas ínsulas perdidas en el mar. El frío
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que se sufría en un clima terrible. Las ropas provistas por el ejército
eran mínimas y más apropiadas para un safari al Sahara. Si no
hubiera sido una tragedia, sonaría como una cáustica comedia de
Emir Kusturica. Al “Che”, como lo habían apodado, le corría la
sensación de que esos místicos muchachos que compartían esa
brava patriada antiimperialista tenían más valor que su racionalidad.
Los momentos más duros, con los ingleses bombardeando
sus posiciones, lo habían hecho temer por su vida, pensar en su
familia y llorar por su novia.
El tercero del encuentro era Tomás, que se escandalizaba con
los planteos del Che; era hijo de un ex cura, que dejó los hábitos
para casarse con su madre, una ferviente religiosa.
Tomás y Ernesto se encontraron en la Terminal de micros, confundiéndose
en un fuerte abrazo; antes de marchar en un taxi al
barrio de Gastón tomaron un café.
—Estás mas gordito Che, y con menos cabello, me hacés acordar
a un personaje de una película de Hitchcock, esas que vi cuando
volví de Malvinas, luego de que vos contaras varias para distraernos
del cagazo que teníamos. Vértigo, Psicosis, eran espectaculares,
pero Los pájaros no me dejaba dormir, me acordaba de
los aviones yonis que nos atacaban, era siniestra.
—Qué alegría verte Tomás, es una satisfacción que te hayas
dedicado a ver buen cine, pero hemos pasado momentos muy dolorosos
allá. En principio dudaba en venir, porque recuerdo situaciones
escalofriantes que me erizan la piel y me nublan los ojos,
pero vine. Me dijo Gastón que te trasladaste de Paraná y ahora
estás en Mendoza, por eso no tenía la seguridad sobre tu llegada,
por suerte ahora están los celulares.
—Yo también tenía dudas por el encuentro, pero al final vine
porque también me habló la mujer del Tanque, que se fue de la
casa porque este loco le pegaba, pero que necesita ayuda. Intentó
suicidarse con pastillas, no quiere ir a más al psicólogo, por eso
confiaba que nosotros, como amigos, pudiéramos darle una mano
o equilibrarlo emocionalmente.
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—Sí, a mí también me llamó la Juana, porque él decía en sus
sollozos que los únicos amigos en serio éramos nosotros y el Flaco
Menotti, como le decían a Julián. Ese fumaba más que el técnico
de la selección. Pero el Flaco se nos fue al cielo, no soportó la
presión. Cuando me contaron que se tiró al río en Corrientes estuve
más de un mes con pastillas para dormir, porque me venían
anécdotas de las islas a la mente y me ponía a llorar. Y ahora vine
porque no quiero que al Tanque le pase lo mismo, no me lo podría
perdonar— dijo afectado el Che.
—¿Te acordás cómo discutíamos por Dios? La verdad que era
una boludez de pendejos, vos con tu ateísmo provocándonos y
nosotros con nuestro fundamentalismo cristiano, te queríamos
matar. Éramos unos enfermos, encima los milicos te hacían bailar
como loco por lo que pensabas.
—Porque pensaba.
—Me daba vergüenza estar del mismo lado que ellos.
—Hoy el poder sigue pensando igual que esos milicos. Fijate, el
milico de mayor jerarquía es el Papa.
—Bueno, no seas tan duro. Recuerdo en Comodoro Rivadavia,
en instrucción, un cabo primero que se volvió loco y te gritaba
“usted, recluta, tagarna, no cree en Dios, yo le voy a enseñar,
carrera march, a tierra, arriba, a tierra”.
—Qué hijo de puta ese botón. Ese día me saltó encima y me
pateó la espalda, yo me calenté, me levanté de golpe y el petiso
voló por el suelo.
—Qué energúmeno, sacó la pistola, yo creí que te mataba. Le
gritamos todos y apareció el sargento pidiendo explicaciones. Te
salvaste en tiempo suplementario.
—Ja ja ja. Qué locura de pendejo, casi me mata, luego me llevaron
al calabozo quince días. Me sacaron sólo para que vaya a la
isla a pelear por ellos. De allí en adelante me volvieron loco, incluso
me enviaban en las misiones más riesgosas; me querían ver
muerto.
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—Viste, esos tipos eran unos cobardes, fijate lo que hicieron
con los presos políticos, asesinaron a miles de jóvenes.
—Che, paguemos el café y vamos para la casa del Tanque, que
nos debe estar esperando.
El día estaba oscuro, había amanecido con niebla. A bordo del
taxi, Tomás le decía al chofer:
—Jefe, esto parece Londres.
—La verdad que no conozco Londres— dijo sincerándose el
taxista—. Aparte esta ciudad tiene una tristeza bárbara. La inundación
nos dejó marcados.
—¿Pero qué pasó?— requirió Tomás.
—Vos sabés pibe, aquí los políticos hace décadas que son los
mismos, pero se echan la culpa unos a otros, no tienen vergüenza,
pero se sacan las fotos con una sonrisa plástica que te da asco.
Luego de los moteles, toman el camino al Mercado de Abasto,
pasan Yapeyú, desvían frente a la escuela Ravera por un mejorado.
Los chicos jugando al fútbol en la calle obstaculizan el paso del
vehículo, por el otro carril un par de carros tirados por flacos caballos
llevan basura recolectada hacia algún lugar donde separaran
comida, cartón, vidrio y residuos reciclables.
—Son unas criaturas las que manejan los carros— esbozó Tomás,
viendo además a otros más pequeños en su interior.
Al llegar, junto a un descampado, estaba el local de Copa de
Leche Sueños Infantiles, y una bandera de Colón sobre el techo,
las referencias que nos había dado la Juana.
—Gracias, jefe— dice Ernesto abonando el costo del viaje.
—Es bueno tener amigos como el Tanque, es muy solidario,
aunque anda medio loco— dice el chofer, arrancando de regreso
al centro.
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—¡Tanque querido, tanto tiempo, qué alegría verte bien!— sonríe
Tomás.
—¡Pasen! Me dijo la Juana que venían, yo no tengo teléfono. A
veces uso el del vecino, ¿viste?, el presupuesto no da para esos
lujos— responde el dueño de casa abrazando al rosarino y al
entrerriano.
—La alegría es nuestra— expresa Ernesto, chocando una palangana
que bañó al perro y provocó un barrial en el piso de tierra—.
Disculpame, no la vi— dijo, agredido por los ladridos del
molesto guardián de la casa.
—Hoy te disculpo todo, la casa es tuya. Vengan, les presento a
mis hijas. Brigit y Sofía— dos morochitas sonrientes—. A los más
chicos Diego Armando y Paolo, los llevó la Juana. Saben que la
Juana se piró de casa, bueno esa es una historia triste, pero es la
realidad. Sigo laburando en el mercado de abasto y hago changas
de albañil. También tengo la copa de leche. Ahora que la Juana no
está me dan una mano las chicas y unas vecinas, porque cada vez
hay más pibes. Sientensé muchachos— el Tanque no paraba de
hablar, la ansiedad por contarle sus cosas a los amigos lo inducía a
llenarlos de adjetivos, tal vez intentando esconder su presente—.
Siempre me acuerdo de una anécdota tuya Ernesto, esa pelea con
el cabo primero, cuando casi te ejecuta, antes que lleguen los ingleses.
—Sí, hoy me la recordaba Tomás, en la Terminal.
—Y cuando atacaban los aviones ingleses, qué locura, temblábamos
y nos meábamos encima. No estábamos preparados para
nada, éramos unos pendejos que ni sabíamos por qué teníamos
que dejar nuestra familia para pelear contra esos tipos, que eran
profesionales—continuó acelerado el Tanque.
Los visitantes, al advertir que el compañero se enfervorizaba
recordando momentos tan graves, cruzaron una mirada cómplice
entre ambos y se sumaron al apasionamiento.
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—Cuando caímos prisioneros les vi las caras, los gestos, la forma
de moverse a los gurkas; los tipos no tenían miedo a nada y
tenían años de instrucción profesional, daban terror, no como los
nuestros que eran unos payasos, sólo podían pelear contra civiles
desarmados— dijo Tomás.
—Era imposible de aguantar la posición, además la tecnología
de ellos era impresionante, los fusiles con miras telescópicas que
nos veían de noche, mientras nuestras bombas rebotaban y se
enterraban en el barro sin explotar. A pesar de que nuestros aviadores
tenían coraje, hay que recordar que los yanquis les dieron
todo su apoyo a los ingleses— se encolerizó el Tanque.
—A mí me viene muchas veces a la mente la muerte del Faquir—
se lamenta Tomás.
—Uy, eso fue terrible, esa noche cuando atacaron Puerto Argentino
estábamos bromeando, y el Faquir le estaba escribiendo a
su novia catamarqueña— dijo Ernesto.
—También murió el Gringo de Añatuya, fue un infierno, se
desangraban y no teníamos cómo pararles la sangre. El Faquir se
murió llamando a su novia y a su mamá, eso fue brutal;
emocionalmente nos destruyó— recuerda Gastón.
—¿Ustedes han podido ocultar esos momentos? Yo aún estoy
con psicólogo. He tenido que cambiar de profesional porque algunos
no entienden lo que es participar de una guerra, ver morir a los
compañeros, aterrarse y temblar de miedo sin entender el objetivo.
Cuando nos convocaron para defender la patria, a mí no me
resultaba convincente. Además es fácil reclamarte patriotismo
desde aquí, mirando los partidos del mundial de España, mientras
nosotros pendíamos de un hilo la vida o la muerte— dice Tomás.
—En ese momento uno no puede ver bien, fijate la gente que
llenó la plaza para vitorear a Galtieri. Lo recuerdo y fue patético,
veo documentales de esa época y digo, el pueblo se equivoca
mucho, por eso los argentinos estamos tan mal a pesar de la riqueza
del país. Esos tipos estaban defendiendo su poder, la dictadura
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se caía y apelaron al sentimiento nacionalista de los argentinos,
por eso mandaron a la muerte a miles de soldados indefensos,
como antes lo habían hecho con miles de jóvenes que pensaban un
país distinto a ellos— montó en cólera Ernesto.
—Sumale que esto le vino al dedillo a los yonis para afianzarse
en el Atlántico Sur. Ahora tienen una fortaleza inexpugnable— se
sumó el Tanque.
—Para mí que estuvo preparado por los yanquis, cada vez que
necesitan que su congreso les incremente el presupuesto para
material bélico inventan o se hacen atacar por alguno tildado previamente
de “eje del mal”, allí consiguen la guita y hacen los grandes
negociados con las fábricas de armamentos. En ese momento
nos tocó a nosotros, como alguna vez les tocó a Vietnam o Corea,
ahora les pasa a Irak, Irán o Afganistán, que casualmente tienen
petróleo o gas. Total las noticias las escriben ellos y los giles creemos
en todo lo que dice la televisión. Todo en nombre de la “libertad”—
cargó Ernesto.
—Al final fuimos un instrumento, nosotros y todos los chicos
que murieron, inclusive en el hundimiento del Belgrano— se enoja
el Tanque—. Qué hijos de puta los milicos, los yanquis, los yonis, y
nosotros unos estúpidos que creímos que defendíamos la patria—
y luego, explica, orgulloso—: Este pollo es de mi gallinero, con un
buen chimichurri se van a chupar los dedos— y continúan las
anécdotas bélicas por un par de horas, ya con algunas sonrisas,
asimilando el par de botellas de tinto traídos por los viajeros.
—Sabemos que tu debilidad es el Cabernet Sauvignon— acota
Tomás.
—Qué buenos vinos, en el barrio sólo se consigue tetra- brick, el
nivel de ingresos no permite comprar otra cosa. Estos son finos de
verdad, no se le puede poner soda, es un atentado— festeja el
Tanque y levanta su rústico vaso para un brindis.
—Para que nos sigamos encontrando y superar las crisis que se
nos pongan enfrente— dice sutilmente el Che.
—Esos recuerdos nos martirizan, pero hay que seguir viviendo,
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¿tu vida civil cómo anda, Tanque? Veo que no está más la Juana,
aunque nos llamó preocupada por vos— inquiere Tomás.
—Sí, la Juana se fue, pero tenía razón, yo estoy tomando mucho
y a veces le pegaba; cualquier boludez me enojaba y le pegaba
porque me decía que no tome, que me bañe, que deje a mis amigos
los “vinotinto” porque tenía que trabajar, que los chicos iban a
tener un mal ejemplo, y mil cosas más. No me lo bancaba y le
pegaba, incluso la última vez la tuvieron que llevar al hospital. Se
fue y me dejó a las chicas para que me haga responsable, y tuvo
razón. Ahora tomo menos, porque las pibas no tienen para comer
si no traigo algo del mercado, sean unos pesos, verduras para
comer o para el trueque. Ojala pueda dejar de chupar y la Juana
vuelva.
—Bueno, tenés que poner voluntad Tanque, nosotros vinimos a
recordarte las malas, pero también las buenas. ¿Te acordás cuando
lo salvaste al cabo que me pateó a mí, que estaba herido en la
colina y te arrastraste por el barro y las letrinas para traerlo, mientras
las balas silbaban alrededor tuyo?
—Sí, él también era un ser humano, no podía dejarlo tirado. Al
final se salvó el cabrón.
—Bueno, si salvaste a ese cabrón, tenés que salvar a tus pibes
y bancarlos para que estudien y puedan ser mejores que vos, ése
debe ser tu orgullo.
—Tienen razón muchachos; pero una cosa es decirlo y otra es
hacerlo. Fijate aquí, en el descampado, está lleno de ratas que
combatimos, pero algunos vecinos tiran basura y se siguen reproduciendo.
Un chiquito de la otra cuadra se murió de leptospirosis.
No es fácil la situación; además, algo que todavía no me deja
dormir muchas veces es el sonido de las sirenas— dice preocupado
el Tanque.
—No creas que uno se olvida; una noche delirante, mientras
intentaba dormir sin pastillas, me imaginaba el conflicto de Malvinas
en estos días y nos transformábamos en guerrilleros tipo Bairoleto
o Mate Cosido, los bandidos rurales inmortalizados por el genio de
León Gieco, unos Robín Hood de las pampas. Vos Tanque lo busOSCAR
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cabas vanamente a Bin Laden, pero descubrís que era un agente
de la CIA inventado como terrorista virtual, allí te decidiste a tripular
un avión que descargaba bombas en el Pentágono, la CIA,
Wall Street, y luego lo estrellabas en la Casa Blanca en Washington;
yo me rebelaba contra mi Papa del Vaticano, destruía la Capilla
Sixtina luego de haber descargado mis bombas en las sinagogas,
iglesias mormonas, de los Últimos Días, La Meca, Medina y
la Mezquita Azul y todos los símbolos religiosos; Ernesto hacía
estallar todas las bombas atómicas del mundo empezando por los
chinos, coreanos, ingleses, japoneses y aplastaba su Concorde contra
el Kremlin; el Faquir resucitaba, llevaba su avión hacia la CNN
luego de llenar de bombas la Warner, Hollywood, los canales de
Berlusconi y la CBS, para acallar todas las farsas; finalmente el
espíritu de Niezstche declaraba la evidencia de la muerte de Dios
y Alá, comprobaba las falsas existencias de Mahoma, Jesucristo y
Moisés, reaparecían los sepultados íconos de la mitología inca
Viracocha, Inti, Pachamama y Mamacocha. El mundo entero nos
convertía en héroes— el mismo Tomás aplaude y festeja con los
brazos en alto, celebrando su fantasioso relato.
—Qué linda locura, no creo que la violencia sea el camino, pero
te envidio que al menos en tu imaginación hayas podido armonizar
algo tan perfecto para destruir los símbolos de la vergüenza universal,
justamente lo que todos los seres humanos necesitamos
para vivir libres y mejor— exclama Ernesto seducido por la utopía
de Tomás.
—Qué bueno, también podíamos tirar unas bombitas por la Casa
Rosada, Campo de Mayo y la Sociedad Rural de Palermo— se
entusiasma el Tanque.
—Che Gastón, ¿te puedo decir Gastón?, porque Tanque me recuerda
la tragedia de Malvinas— expresó Ernesto.
—Estoy tan contento con que hayan venido que podés decirme
como quieras.
—Bueno, te decía que te traje un colgante diaguita que significa
PAZ, para no olvidar la guerra infame pero poder luchar por el
futuro de nuestros hijos, y además esta tarjeta que dice: “¡Te queremos!”,
¿te gusta?
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—Claro, cómo no me va a gustar, a veces la vida es muy dura,
aunque sé que vos no creés en Dios, cuando me van tan mal las
cosas pienso que “él” me va a seguir ayudando para criar estos
pibes, cuando sean grandes ya veré si sigo penando y dando lástima,
pero ahora no puedo abandonar.
—Qué lindo que nos digás eso Gastón, estaba seguro que vos
sos un luchador que no abandona, vos sí que sos un tipo fuerte,
¡ese es mi amigo! Te quiero mucho— lo abraza emocionado Ernesto.
—Bueno, viejo, no me hagan llorar. En esta mochila te traje un
regalito, un taladro eléctrico para que puedas laburar mejor— le
acerca Tomás.
—Muchachos, gracias por acordarse de mí y de mi familia, hagamos
una reunión anual aquí en casa, serán bienvenidos— agradece
el Tanque.
—Bueno, dame el último mate, que ya estamos verdes. Te prometemos
que el año próximo venimos.
—A mí me tenés cerca, cuando quieras llamame al celular y me
pego una escapada. Tengo el auto en el taller, cuando esté en
condiciones en un par de horas estoy aquí. Te dejo el teléfono,
también te dejo la tarjeta de un psicólogo amigo que te va a entender,
a mí me asistió cuando lo necesité— se despide Ernesto.
—Che, no me contaron nada de la vida de ustedes, quédense un
rato más.
—No, ya llamamos el taxi. Lo nuestro está normal, nada importante,
quedate tranqui y cuidá las pibas que están muy lindas— lo
abraza Tomás.
Abordan el taxi trucho que los lleva a la Terminal. Tenían una
hora para la salida de sus respectivos micros y volvieron a tomarse
otro café donde prosigue el diálogo:
—Creo que tenemos Tanque para rato, ¿no te parece, Tomás?
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—Sí, estuvo muy bueno poder compartir esas horas con ustedes,
pero te tengo que confiar que también me vino muy bien a mí,
estaba muy deprimido, aunque lo supe ocultar en esta jornada.
—Bueno, ¿qué te está pasando?, no soy psicólogo, pero soy un
amigo con orejas dispuestas— responde Ernesto.
—Un conflicto de pareja deja secuelas. También mi mujer se
fue de casa con mi hija el año pasado.
—No sabía, ¿era tan grave, Tomás?
—Parecía que no, pero las expectativas de un matrimonio siempre
son distintas. Yo quise tener una familia ordenada, con los
roles diferenciados, pero parece que a Victoria eso no la ha conformado.
Se venía quejando hace bastante tiempo, que se aburría
en nuestro matrimonio, que todo era rutinario, que yo era un
hombrecito gris, que la nena no tendría incentivo para crecer en la
vida, que ella se sentía oprimida y cosas así. Nos fuimos alejando.
Allí fui descubriendo otras cosas, pensamientos, opciones, pasiones
que tuve ocultas.
—¿Pero vos no le abriste el juego? Que saliera con sus amigas,
cambiar un poco la rutina de vuestra vida, viajar, salir, ir al teatro,
al cine, vos tenés buenos ingresos…
—Lo que pasa es que a mí me gusta estar tranquilo los fines de
semana, trabajo doce horas diarias, traigo dinero a casa, acepto
que no he tenido sexo en los últimos años con ella.
— Bueno, pero vos sos un tipo joven. No te conseguiste una
novia, una amante. ¿O es que lo consiguió tu mujer y te dejó?
—Mirá la verdad es que descubrí que me enamoré de un compañero
de trabajo.
—¡No te puedo creer! Che, pero eso sí que es una novedad. Ni
me lo imaginaba.
—Sí, uno no tiene porqué ser amanerado ni idiota por ser homosexual.
Hace unos años que lo fui descubriendo. Primero eran
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cosas muy locas, con lo formal que soy yo, me parecía una locura,
pero con mi mujer se pasó todo el deseo y comencé a desear a
otros hombres. Pero nunca me animé.
—Me dejás estupefacto, Tomás.
—Es difícil de imaginar, pero es así. Cuando era chico algo percibía,
pero nuestra educación machista me autocensuró y me generó
innumerables frustraciones. La sociedad no nos permite poder
ser lo que sentimos, nos obliga a tener un estereotipo viril,
dominante, sobreprotector, patriarcal. Para mí fue terrible. Hasta
hacerme cargo de mi Princesa fue un dolor al darle mi amor sin
saber si me aceptaría con mi verdadera identidad sexual.
—Bueno, no soy quién para darte consejos, pero creo que si
blanqueaste la situación con tu mujer, cuando tu hija sea grande
comprenderá. El tema sexualidad es muy importante y no podías
seguir ocultándolo. Es duro, pero tenés mi respaldo y mi amistad.
—No te imaginás el rencor de mi mujer cuando le reconocí mis
deseos por otro hombre y que ella no significaba un atractivo para
mí. Hubiera preferido que hubiese sido infiel hasta con su hermana,
antes que escuchar esta confesión. Perdoname que te la cuente,
no tenés que hacerte cargo de mí, sólo necesitaba decírtelo,
disculpame.
—Un amigo escucha y ayuda si es necesario. ¿Pero cómo quedó
la situación con tu hija?
—Pésima. Mi mujer no quiere ni verme, se fue vivir a Buenos
Aires. No deja que vea a mi Princesa. Tengo una tristeza encima.
Es terrible.
—Pero ¿vos estás en pareja con tu compañero?
—Sí, con él tengo comprensión y afecto, pero he perdido mi hija.
—Tendrás que hacer los trámites judiciales correspondientes.
Pero no te caigas. Uno en la vida tiene altibajos. La felicidad, lo
han dicho muchos filósofos, no existe como logro, como una estación
final. Son momentos, espacios de tiempo que uno disfruta y el
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resto de la vida es luchar por conseguir objetivos. Es como la
utopía, lo importante es el camino.
—Te agradezco estos minutos Ernesto, me has dado un apoyo
importante.
—Bueno, el micro mío se está por ir. Vos tomaste la decisión
correcta, lo importante es que estés bien: sólo, queriendo recuperar
a Princesa o acompañado por tu pareja. No importa que otros
opinen sobre cuál ha sido tu opción, ésa ha sido tu elección. Es tu
decisión poder ser vos realmente. Ahora que lo pudiste dejar salir,
creo que tenés que estabilizarte emocionalmente. Cuando quieras
llamame. Pensá que el futuro depende de vos, peleá por tu hija,
descubrir tu identidad sexual no te quita tu derecho como padre.
Dale prioridad a lo que considerés más importante, el resto se
consigue en cualquier kiosco. Las alegrías y tristezas vienen y
van, pero mucho depende de tu actitud. Recordá lo que decía
Sartre: “No creer en nada, pero inventar a cada paso mis propios
valores, hacer de mi vida otra cosa de lo que el azar, la historia,
mis genes y la sociedad dispusieron hacer conmigo”.
—Está muy bueno. Gracias Ernesto, sos un hermano, me hace
bien hablar con un tipo abierto. No te garantiza el éxito, pero a veces
podés darte cuenta sobre la opción de cambiar nuestra propia historia.
Y toda historia tiene sabores agridulces. Hay que disfrutar los
buenos y estar preparado para soportar y comprender cuando te
tocan los malos. ¿Y tu vida afectiva? No me contaste nada.
—Yo soy bastante caradura para dar consejos. Je, je, je. Sigo
tocando el saxo con mi grupo musical los fines de semana, lo que
me permite salir de la rutina de mi comercio de venta de ropa
informal. Ya he amado una decena de mujeres en mi vida, pero
sigo buscando. Evidentemente, el que falla soy yo. Debo ser demasiado
pretencioso o un fracaso para convivir en pareja.
¡Seguís siendo el mismo loco de siempre!