VIDAS NADA PARALELAS. Lo que va de un Santoro a otro. Por Carlos ULANOVSKY

Imagen de Oscar Belbey
Lo que va de un Santoro a otro.Por Carlos ULANOVSKY en El Cohete a la luna

VIDAS NADA PARALELAS

Lo que va de un Santoro a otro

 

Daniel Santoro es un fabuloso artista plástico. Luego de recibirse de maestro mayor de obras en el Industrial Huergo se inscribió en Arquitectura, carrera que no completó. Posteriormente estudió, investigó y desarrolló sus especialidades en la escuela nacional de Bellas Artes, la Prilidiano Pueyrredón. Es pintor, es escenógrafo, es escultor, es dibujante, es historietista, es escritor e ilustrador de varios libros sobre la iconografía del peronismo. Junto con Alejandro Marmo diseñó los perfiles de Evita que, todavía hoy y con insuficiente iluminación, ocupan las caras norte y sur del edificio del Ministerio de Desarrollo Social, sobre la 9 de Julio. “Es un diálogo fecundo entre una mujer extraordinaria y ese monumento falocéntrico que es el Obelisco”, explicó en cierta ocasión quien es un antiguo militante de ese movimiento que cruza más de 70 años de vida, encuentros y desencuentros argentinos.

Este Santoro tiene una reconocida y prestigiosa vida pública, en especial por su laboriosa tarea artística de características únicas. Y hay otra persona —mismo nombre, mismo apellido, periodista de prensa escrita y televisión— cuya manera de pensar dista de la suya como el color blanco del negro. El otro no es un tocayo, o un doble, ni un impostor, tampoco un sosía. Es, en todo caso, parecido a una figura frecuente en la literatura, “el gemelo malvado”, factor imprescindible para que el conflicto estalle.

Identificado por un vocablo de origen alemán –doppelgänger: doppel, doble, gänger, persona– que define el “doble fantasmagórico” de otra persona, este recurso fue utilizado desde el fondo de los tiempos en numerosas obras. Lo adoptaron celebridades como Plauto, Moliere, Dostoievski, Stephen King, Saramago o Cortázar en Rayuela.

Esta duplicación de Santoro se cruza en internet: aparecen en Wikipedia revueltos, pero no juntos. Uno deslumbra con los tomos del Manual del niño peronista, con su muestra histórica Mundo Peronista y pasa horas y horas pintando en su estudio o en bares porteños llenando enormes cuadernos de textos manuscritos y dibujos enormes. El otro, con empeños y recursos discutibles, es uno de los cruzados mediáticos contra el kirchnerismo. Uno es un furioso antipopulista, y peor que eso, aparece mezclado en operaciones mediáticas, políticas y judiciales. El otro es peronista, aunque sus padres, inmigrantes, no lo fueron. Su papá, Silvio, italiano de Fuscaldo, Calabria, llegado al país en 1947, trabajó en la construcción del estadio de Racing, el famoso cilindro de Avellaneda, hasta hoy llamado “Presidente Perón”. Anyulina, la mamá, bajó del barco ya casada, aquí crió dos hijos argentinos y en un momento revalidó sus habilidades para coser y bordar gracias a una máquina de coser marca Singer, con un costurero completo incluido, que por mediación de una vecina le facilitó la Fundación Eva Perón. “Para los dos, el peronismo y especialmente la militancia le evocaban a la Segunda Guerra que tanto habían padecido en su tierra. Por eso no querían saber nada con eso”, cuenta. Completa: “Durante la guerra mi papá combatió como paracaidista. Cuando terminó se quedaron sin nada”.

 

Señas particulares visibles

Nacido en 1954, criado en el barrio de Constitución, Daniel inició su militancia peronista en 1963 en un grupo parroquial de la zona liderado por el cura español Daniel de la Sierra, un religioso progresista que pregonaba el concepto de “la economía del desinterés”. Quien dio sus primeros pasos políticos importantes en grupos cercanos a Guardia de Hierro, recuerda: “Formación estricta, lectura obligatoria de los libros que Perón que había leído y también escrito, tiempos en que no se hablaba de otra cosa que de peronismo”.

 

El cura Daniel de la Sierra, en la villa

 

Daniel Santoro cumplió 65 años y convive con una familia de artistas; está casado con la pintora María Pinto cuyo estilo incluye, con humor, los muñecos Playmobil y tiene tres hijos, dos varones de 29 y 26 y una mujer de 22, todos con inclinaciones culturales, repartidas entre la música, el cine y el dibujo. Nos recibe en su estudio, ubicado a pocas cuadras del Congreso, donde está terminando un cuadro de 2 metros por 1,60. En un bar se reconocen símbolos y personas de sus afectos. Tras el ventanal aparecen, sentados, Nicolás Casullo, Raúl Santana, Horacio González, David Viñas, María Moreno, Luis Gusmán, Ricardo Piglia, Germán García y, entre adentro y afuera, el psicoanalista Jorge Alemán. En el exterior, tirado, un hombre en situación de calle, pero cuya pose evoca a la imagen final del Che Guevara. Por atrás se ve a un centauro descamisado con un cuchillo en la mano. Y como si lo anterior fuera poco, un gato negro, al que su autor no le otorga calidad de mal presagio. A la par, colorea otra obra (la figura del descamisado cruzando el Riachuelo llevando en sus hombros a la mamá de Juanito Laguna) que el lunes 25 de febrero le entregó a Cristina Fernández de Kirchner. Junto a otros colegas —Ernesto Pesce, Leo Vinci, el escultor Di Girolamo, Marina Olmi, Miriam Peralta, Pájaro Gómez, Nora Patrich, Daniel Corvino– se acercaron al Instituto Patria con el objetivo de reponerle algunos cuadros nuevos. No serán los mismos que la Justicia le incautó a la ex Presidenta, pero tendrán un claro propósito reparatorio. “Porque es muy feo tener las paredes vacías”, razona. La Presidenta agradeció mucho ese cálido gesto.

En su estudio –con frecuencia Santoro traslada también sus labores a bares notables– no solo aloja parte de su obra. Hay libros de muy variada índole, una radio sintonizada en la AM 750, un piano acústico, un teclado eléctrico, un micrófono (todos ellos objetos pertenecientes a uno de sus hijos, músico). En una vitrina se exhibe una colección de muñecos (soldados de distintos ejércitos, reproducciones de Himmler, de Stalin, del Che, realizados por otro de sus hijos. A metros de allí está la casa familiar que tiene mucho de galería de arte, de museo, de refugio de coleccionista. Cada rincón aloja algún impactante objeto artístico o espiritual que guarda una historia y en una de las habitaciones asombra la maqueta de una ciudad entera, serpenteada por un sistema ferroviario espectacular. Ni siquiera falta la estatua que homenajea al fundador del pueblo en miniatura, un tal Jeremías Springfield.

 

La homonimia

—¿Conocés al periodista Daniel Santoro?

Sí, sé quién es. Una vez nos cruzamos en un bar. Nos saludamos amablemente y nos preguntamos si tendríamos parientes en común. Nos reímos de la casualidad y como soy cuatro o cinco años mayor le dije que me seguía correspondiendo la prioridad del nombre y apellido.

—¿Leés lo que publica?

No leo el Clarín. No lo soporto. A veces sí leo el suplemento Ñ, porque algunas cosas están bien. O sea que nunca lo leí a él, nunca lo escuché por televisión.

—¿Sabés que en muchos ámbitos (algunos que frecuento) cuando se te menciona sentimos la necesidad de añadir a tu apellido el calificativo de “el bueno”? Por lo que el otro quedaría como “el malo”.

—Eso de bueno o malo es muy lábil. Por ahí, esa calificación a mi persona obedece a que no me conocen demasiado. No creo en esas categorías morales. Tampoco voy a decir que el otro es malo, porque me parece un calificativo demasiado contundente. Prefiero pensar que está confundido.

—¿Confundido?

Claro, no soy una némesis de ese muchacho. ¿Cómo lo voy a calificar si no sé casi nada de su vida? Y, lo peor, es que sé poco de la mía. (Se ríe). No, en serio, no puedo calificarlo.

—¿A qué otras personas apellidadas Santoro y que tengan actividad pública conocés?

La periodista (Sonia), el actor (Osvaldo), otro actor, más veterano (Eduardo), el político (Leandro) y un arquero que jugó en Independiente apodado Pepé. Cuando era pibe jugábamos a la pelota en Cochabamba y Salta, ahí donde ahora está Canal 13, y como jugaba mal me decían, vos andá al arco Pepé Santoro.

—¿Padeciste alguna clase de confusión con el otro Daniel Santoro? Digo: intercambio erróneo de correspondencia, llamados telefónicos cruzados, equívocos en trámites…

—Sí. Una vez me llegó un mail que claramente era para él y se lo reenvié. Pero es cierto, estamos propensos a confusiones porque estás en una cola, llaman a Daniel Santoro y más de uno se da vuelta a mirar.

—¿Qué le dirías hoy?

—No tengo nada para decirle. Ha hecho su vida, tiene sus ideas. Lo único que tengo para decir es que me llama la atención que las aclaraciones sean únicamente sobre mi persona. La duda sería que yo no soy él, pero no funciona en sentido inverso.

—Vale decir que no te enoja tanto que te confundan, aunque sea por un ratito.

—Tal vez porque medito desde hace más de 40 años mis posiciones no son tan encendidas. Prefiero canalizar la parte belicosa de mi energía en la creatividad.

Manos a la obra: busca uno de sus ya famosos cuadernos. Es el Manual del niño neo liberal. Hojea hasta encontrar un poema, el Canto 81 de Ezra Pound, que empieza a leer:

Humilla tu vanidad

no eres más que un perro golpeado bajo el granizo,

(solo una urraca hinchada bajo el sol veleidoso,

medio negra, medio blanca,

y ni siquiera distingues el ala de la cola.

Humilla tu vanidad.

Mezquino es todo tu odio

nutrido por la falsedad.

Humilla tu vanidad, ansioso en destruir, avaro en caridad.

Humilla tu vanidad,

te digo, humíllala.)

 

Parecidos en el arte

En varios momentos de su vida Santoro estudió chino. Aun así no lo habla, pero es capaz de escribir (“un poco”) y hasta traducir alguna que otra poesía del período Tang. “Para el chino lo original no es un tema relevante. Lo que le importa es el flujo y la continuidad en el tiempo”, afirma. Recuerda el libro de Shan Zai del filósofo surcoreano Byung Chul Han que habla de los originales y sus copias en China. “Allá se copia todo, hasta los puntos. Y a eso se lo considera homenajes, admiraciones a la maestría”, relata y de inmediato compara: “En Occidente la copia es algo ofensivo y delictual”.

Retrocede a sus años de estudiante en la escuela de Bellas Artes y admite: “La base de la enseñanza era la copia. Tarde o temprano tenías que enfrentarte a la prueba de copiar el torso de Belvedere” (Estatua de un desnudo masculino firmado por el escultor Apolonio, de Atenas en el siglo 1 antes de Cristo). Y agrega: “Después de todo, ¿Quién es capaz de discernir el valor de Las Meninas de Velázquez copiadas por Picasso? Para mí, en esos homenajes a las Meninas el yo de Picasso queda muy por delante”. Considera que una buena definición de creatividad es “lo que le aporta una mirada nueva a lo existente. Porque, te aclaro: no existe ninguna creación, sea del género que sea, que parta de cero. Por naturaleza crear consiste en asociar ideas, sumado todo aquello que el artista ha visto, experimentado y soñado”.

—¿En tu obra hay homenajes a otros artistas?

Sí, claro. Recreé el Cristo de León Ferrari, el tajo en la tela de Lucio Fontana, te mostré hace un rato algo que remite a Antonio Berni. Recreo, no hago obras gemelas: hago expropiaciones, pero explícitas. (Se ríe) Che, ¿dije ‘expropiaciones? No, quise decir apropiaciones, que es una forma de decir choreo. Del mismo modo hice reinventos en mis investigaciones sobre el peronismo. Me gusta meterme dentro de las historias, reconstruir tradiciones, generar mitologías, aproximarle nuevas dimensiones a una obra ya existente.

—¿Plagiaste?

—No, yo creo en la propiedad intelectual.

—¿Te plagiaron?

—Se que algún tatuador utilizó elementos de mi obra ‘El jardín primitivo’ y lo convirtió en ícono de uso popular. Es un cuadro muy grande y el otro día vi en Instagram como había quedado tatuado en un muchacho que tenía una espalda inmensa.

—¿Cómo quedó?

—Muy bien.

—¿Qué le pasa al artista cuando las musas no llegan en forma de idea salvadora?

—En lo que más creo es en el laburo. Y también valoro al empecinamiento, a tener la actitud alerta del cazador y para nada desdeño la suerte. Para ayudar a la creación creo mucho en un concepto que Lacan llamó “la pulsión escópica”, que tiene que ver con una mirada intensa, cuidadosa, que, finalmente, activa cosas.

 

Fragmentos

Además del chino, Santoro tiene nociones de sánscrito y hebreo, pero afirma que nada lo acercó más al sentido de la vida que el estudio de la cábala.

—¿Por qué?

—Porque tiene un esquema funcional similar al yin y al yang, representa la interacción entre la severidad y la misericordia. El peronismo funciona en ese vacío. Cuando en la cábala se carga demasiado la rama de la severidad, ocurren acontecimientos como que Caín mata a Abel.

—¿Cómo está esa rama en la Argentina de hoy?

—Las ramas de la severidad, regidas por la codicia, no hacen más que crujir. Por eso hay tanto malestar. Hay otro que se lleva todo el goce. La felicidad está asociada al goce en exceso. Y, ¿quiénes son los que hoy tiene goce en exceso? Los poderosos. Cuando en la historia reciente —y no tanto— el goce quedó en manos de los pobres, tarde o temprano los poderosos se lo hicieron pagar.

—¿Cuándo ocurrió tal cosa?

Durante el peronismo. Con mis libros intenté mostrar lo mucho que se perdió con la destrucción del mundo peronista. ¿Recordás el mito de que los obreros levantaban el parquet de sus casas para hacer asados? Eran puras mentiras: esa madera, llena de alquitrán, no servía ni para hacer unas brasitas. Frente al ideario peronista de “roble de Eslavonia o nada” estaba la postura socialista, o comunista, o de los poderosos, que decían: “Les estás dando un goce excesivo, que no se merecen. Con piso de cemento se puede vivir perfectamente”. El peronismo probó qué pasa cuando se les da a los pobres el mismo piso que a los ricos. Se inventan leyendas urbanas como la del parquet, vigente hasta hoy.

 

Agua que has de beber

Junto al filósofo Julián Fava, Santoro da los últimos toques a su nuevo libro Ontología Peronista (conversaciones sobre política, arte, filosofía y religión) que aparecerá a fines de marzo por la editorial Las Cuarenta. Con indisimulado entusiasmo muestra lo que será la tapa, reproducción de un folleto de la Ciudad Infantil de La Plata, inaugurada a fines de noviembre de 1951.

En la imagen se ve a una niña y un niño, probablemente de origen humilde, sentados, leyendo, en un ambiente refinado. Detalla Santoro: “Las cortinas eran de voile suizo, las ropas de los pibes compradas en Harrod’s y Gath & Chaves, por entonces las tiendas mas caras de Buenos Aires. La idea de Evita era: Para que nuestros hijos pobres no tengan nada que envidiarles a los chicos de la oligarquía. Y esta otra idea, fantástica: Proteger a los niños de la envidia es la posibilidad futura de construir un sujeto revolucionario“.

En el libro, los autores desarrollan el concepto de ‘la redistribución destinal’. Santoro lo explica así: “¿Tuviste la desgracia de nacer pobre?. Tendrás una segunda oportunidad, porque el Estado te repondrá lo que el destino te había negado. No me cabe la menor duda que el odio que parte de las clases medias y altas sintió y siente por Eva viene de ahí”.

Sesenta y ocho años después, una inquina de similar índole es la que volvió intolerable y maldita la obra extraordinaria de Milagro Sala. Santoro piensa que la punición contra Milagro y la Tupac Amaru está localizada en las piletas, que es lugar del goce. “Para los pobres –explica– el agua, bien muy escaso siempre, es un elemento de lujo, un plus que los acerca a los logros de las clases más altas. En el peronismo, el agua es algo emblemático. Pensá: ¿cómo provocan los ‘negros sucios’ la ofensa fundacional? Metiendo las patas en la fuente”.

 

 

“El agua es riqueza, es acceso a los bienes más preciados, es seguro contra la contaminación, es salubridad. Por eso el peronismo, aun cuando los balnearios sur y norte eran usables, construyó tantas piletas populares (las de Ezeiza, La Salada o Villa Albertina, todas de agua salada), la fuente y el lago de la ciudad infantil, los balnearios de Chapadmalal en Mar del Plata. Detrás de todas estas acciones estuvo Eva Perón. En cambio, el PRO, ¿qué es lo que hace? Desactiva las piletas de Milagro porque piensan que los negros no se lo merecen y habilita en Buenos Aires una pileta que es una alfombra pintada”.

tipo editorial: 
sociedad